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El Sermón Dominical

03 out

De todos es conocido el famoso filósofo griego Aristóteles (384-322 a.C.), que enseñó sobre multitud de temas, disertó largamente sobre las profundidades existenciales del hombre, y fue ampliamente reconocido en su época como uno de los mayores pensadores que existieron, abarcando materias tales como la metafísica, la biología, la astronomía, la política… Hoy día sigue siendo considerado como uno de los grandes de la humanidad.

Debido a su sapiencia y habilidades comunicadores, un tema de los que trató fue la comunicación hablada, por lo que escribió “El Arte de la Retórica”, (de la palabra griega RHETORIKE), que no es otra cosa que tratar con profundidad el fenómeno de la comunicación cotidiana, pero sabiendo hacer uso de las distintas figuras lingüistas, y siendo espléndido en los recursos descriptivos para conseguir su objetivo comunicador: En definitiva, un compendio de cómo dar un buen discurso, al punto de que los griegos, siempre ávidos de saber, encontraron en Aristóteles la realidad confirmada de que las alocuciones podían llegar a convertirse en un verdadero “Arte”.

Los grandes oradores griegos, con él a la cabeza, llegaron a convertirse en los verdaderos famosos de la época, un atractivo envidiable y de gran impacto. Lo curioso es ver que una de sus enseñanzas acerca de los discursos bien montados, se resumía en un básico esquema:

  1. Una clara Introducción. (INVENTIO: Qué decir)

  2. Algunos Puntos Importantes a destacar. (DISPOSITIO: Ubicar las pruebas que convenzan a la audiencia de lo que se quiere explicar, siguiendo un orden)

  3. Una Conclusión esclarecedora. (ELOCUTIO: Adornos y figuran que concluyan diciendo lo que hay que decir, como conviene)

¡Si alguien ha estudiado en un seminario, descubrirá que esto es lo que se sigue predicando hoy día para preparar un buen sermón! Seguramente pienses que esto fue algo circunstancial, una casualidad. Pero no debemos perder de vista cómo era la vida de los primeros cristianos tras la resurrección de Jesús: Estos eran en su mayoría analfabetos, no tenía más gracia para dar discursos que la que les otorgaba sobrenaturalmente el Espíritu Santo, por medio del cual podían ser espontáneos, concisos y contundentes a la vez que sencillos… ¡Y por supuesto, la predicación no era un privilegio para uno o dos eruditos de la congregación, sino para todos!

Dice en 1ª de Corintios 14:26 “¿Qué concluimos, hermanos? Que cuando se reúnan, cada uno puede tener un himno, una enseñanza, una revelación, un mensaje en lenguas, o una interpretación. Todo esto debe hacerse para la edificación de la iglesia.”

De modo que cualquiera predicaba, según la gracia que le era dada. Es evidente que esto permitió desarrollar los diferentes ministerios en las iglesias, y que algunos creyentes, con el paso del tiempo, pudieron comprobar una capacidad especial para realizar ciertas funciones, como describe Pablo en su carta a los Efesios 4:11-12 “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros, a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo.”

Pero esto, nunca en supremacía sobre los demás, ni con privilegios especiales, sino todos miembros por igual, partes de un mismo cuerpo, con diferentes funciones, todas importantes… Pero eso lo trataremos en profundidad en otro momento.

De modo que todos podían predicar, porque el mensaje Cristo-céntrico que imperaba por entonces era sencillo de expresar, e incluía la urgencia del cambio, del arrepentimiento, del establecimiento del reino de Dios… Así debiera seguir siendo hoy.

Pero entonces ¿Cómo se produjo el cambio? ¿Qué paso para que el mensaje espontáneo se transformara en algo tan elaborado y artístico? Pues tendremos que remontarnos a finales del siglo IV de nuestra era, para encontrarnos con uno de los más grandes oradores de todos los tiempos: Juan Crisóstomo, de Antioquía, en Siria (347-404 d.C.)

Pues bien Juan “Boca de Oro”, que es lo que significa el apodo griego “Crisóstomo”, se convirtió al cristianismo con 23 años de edad. A pesar de ello, siguió estudiando bajo el mentoreo de un famoso orador pagano de la época, el romano Libanio, y aprendió de él entre otras cosas la retórica Aristotélica para mejorar la capacidad de disertación. Con el tiempo dejó al filósofo para comenzar sus estudios de teología, pero ya había aprendido mucho de él. Más adelante, fue ordenado sacerdote por el obispo Flaviano I de Antioquía, al que luego sustituiría en el cargo. Su locución erudita y confrontadora, hizo que toda la ciudad de Antioquía acudiera a oír sus “nuevos mensajes”, sus SERMONES, que lógicamente, eran muy parecidos en estilo y forma al que sus conciudadanos estaban acostumbrados a oír de otros oradores no cristianos; a veces los mensajes eran similares incluso en sus contenidos.

La costumbre lugareña de buscar las mañanas de los domingos a Juan “el Boca de Oro” para escuchar sus “disertaciones semanales”, creó escuela, y abrió paso para que se instaurara la tradición cristiana de la predicación dominical por parte de un “erudito”, siempre el mismo hombre, en el mismo lugar, a la misma hora, el mismo día de la semana… todos los domingos. (Evidentemente, el día escogido sí tenía connotaciones bíblicas, pero todo lo demás, especialmente la exclusividad de la exposición bíblica, no). Juan llegó a ser el Obispo de Constantinopla, de la iglesia de Oriente.

Hoy día, un pastor evangélico, protestante, sigue esta rutina marcada por Juan Crisóstomo, originada por alguien ajeno al Cristianismo, como era Aristóteles, y lo asume como una labor exclusivamente pastoral, sin saber que incluso esto último, no tiene una fundada base bíblica, pues no debemos confundir apóstoles con maestros o con pastores, que en ningún caso eran en la iglesia primitiva cargos de poder jerárquico piramidal, sino funciones que los “ancianos” cumplían según los dones que había recibido del Espíritu Santo.

Pero cualquier pastor actual defenderá que uno de sus deberes pastorales es la predicación dominical (junto a otras cosas, claro) asumiendo como propias funciones que son responsabilidad de otros muchos, de los que forman el cuerpo de Cristo, cada uno en su lugar.

¿Por qué digo esto? Porque fue cien años más tarde, a principios del siglo VI, que el papa Gregorio el Grande, escribió un libro sobre “Los Deberes Pastorales” que debían cumplir los sacerdotes (Lo cierto es que hasta entonces, el término pastor había caído en desuso, y resurgió como sinónimo de jerarquía superior, similar a los conocidos “obispo”, “supervisor”…) ¿Cuáles eran esas tareas? Pues, visitar los enfermos, enseñar doctrina, casar a los jóvenes, bautizar a los niños, dirigir y guiar la misa, enterrar a los muertos, bendecir los acontecimientos locales…

La mayoría de esas cosas las sigue haciendo hoy día un pastor evangélico, aunque casi ninguna tiene base bíblica, y si no las hace todas, es porque Lutero modificó esta enseñanza con algunas “reformas” para los sacerdotes protestantes… De modo que el asunto ha evolucionado al punto de que hoy día, algunos pastores le dan más importancia a predicar un buen sermón que a pastorear, que a estar con la gente, que a dar su propia vida por las ovejas, que a cuidar… Y siguen pensando que desde lo alto de un púlpito, se solucionan los problemas de la gente real…

¿Digo que haya malicia por parte de estos pastores? No, al menos no en la mayoría de los casos; simplemente que a veces asumimos cosas como buenas que no lo son, y dejamos que las costumbres sean a veces más influyentes que la propia Palabra de Dios: Craso error. Creo que es tiempo de reflexionar en esto. Siempre es buena hora la de retomar la sana doctrina.

Al que Dios llame a predicar, que lo haga: Pero no “confundamos los ministerios” (las funciones o servicios) por prestar demasiado oído a las corrientes paganas que aún hoy día perduran entre los llamados cristianos, no comparemos el predicar el Evangelio con solo “dar mensajes y sermones acerca de él”, pues lo primero es espíritu, es vida… Lo segundo es letra, letra que mata la vida de la iglesia (2 Corintios 3:6). Volvamos a la sencillez, al Evangelio genuino del arrepentimiento para salvación, el que trae el reino de Dios a la tierra, el que todo nacido de nuevo en Dios tiene capacidad para dar… Y que los verdaderos maestros de la Palabra, puedan hacer su labor edificadora sin estorbos… ¡CREZCAMOS!

Fonte: NO MAS MITOS CRISTIANOS

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Publicado por em 03/10/2009 em POIMENIA

 

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