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Creo en la Iglesia

26 set

Creo en la Iglesia… en personas que tienen un centro en común llamado Cristo.

No Creo en iglesias que tienen “centros” construidos de ladrillo, y pocas cosas en común.

Creo en la Iglesia que ora unánime con el fin de traer el reino de Dios a la Tierra.

No Creo en las iglesias que oran egoístamente, como si Dios fuera el criado en vez del Señor.


Creo en la oración, una forma sencilla de hablar con Dios, con amistosa reverencia, y confianza paciente; el placer de comunicarse con el Hacedor con el premio mismo de poder hacerlo.

No Creo en oraciones fabricadas para impresionar a los oyentes, ni las que pretenden demostrarle a Dios cuánto sabemos de Él, ni las que imaginan que pueden subir hasta el cielo por su alto volumen en vez de por su intensidad ferviente…


Creo que la Iglesia se compone de personas integrales que se entregan para ser instrumentos útiles y aprobados por Dios, que lo hacen para rendirle culto racional y voluntario con sus propias vidas.

No Creo en iglesias que preparan “cultos” con luces de colores, músicas magníficas y programas inspiradores profesionales, porque parecen buscar entretener a los asistentes como si estuvieran en un espectáculo, y se centran en adorar al propio culto y a los “cultistas”, en lugar de rendir pleitesía al único que lo merece: Jesús.


Creo en la Iglesia donde impera la ley del amor y de la gracia, la que surge fruto de la gratitud a Dios, la que debe movernos a entregarnos a Él con todo nuestro ser, y a hacer con los demás lo que quisieramos que hicieran con nosotros (eso como poco).

No Creo en las iglesias con leyes impuestas a través de normas denominacionales que coartan la libertad del cristiano, ni creo en el hacer por hacer, en el obrar con el único propósito de recibir una recompensa divina.


Creo en la Iglesia que entiende que nada hay sagrado, sino solo Dios.

No Creo en las iglesias que sacralizan sus propias ceremonias, sus propias doctrinas, sus propios “siervos ungidos” y crean un mundo con tantas “vacas sagradas”, que Cristo deja de tener cabida en él… Recuerda que Jesús esta llamando a la puerta de esas “iglesias” para entrar, porque lo dejaron fuera. (Apocalipsis 3:20, no es un mensaje “al mundo”, sino a la iglesia en Laodicea)


Creo en la Iglesia donde se ve y se vive el amor fraternal, el que muestra el interés mutuo y sincero entre los hermanos.

No Creo en las iglesias del “¡Dios te bendiga!”, si es que ese saludo nace del amor fingido y se usa tal expresión para decirle “Hola” al hermano, olvidándolo el resto de la semana.


Creo que el Evangelio es una noticia buena que exige una respuesta clara: Fe, arrepentimiento y gratitud.

No Creo en evangelios descafeinados, ni parciales, ni el que enseña la oración mágica del pecador como único requisito para salvación…


Creo en un Evangelio sencillo: Dios amó a TODOS por igual, Jesús se acercó a la Humanidad para saldar nuestras cuentas pendientes con el Padre, que es quien perdona a todos los que se arrepienten de veras, a los que creen que el pago de Jesús (su muerte) es todo-suficiente para darles perdón y esperanza de vida eterna; el Espíritu Santo capacita al creyente para perseverar hasta el fin y vivir en plenitud, pero no sin problemas…

No Creo en el evangelio de la prosperidad, el que promete que tomo irá bien y al final solo ofrece decepción; ni en el evangelio “emergente” con medias verdades muy atractivas… y que hace vivir en medias mentiras muy escondidas, terminando en engaño y frustración. Ni creo en el evangelio del positivismo, donde no se puede decir nada malo por puro miedo, viviendo una cosa y declarando otra: A eso lo llaman fe y yo lo llamo mentir y ser hipócrita. No creo en ningún falso evangelio que cambie el fundamento Cristocéntrico por el mensaje de “la vida color de rosa”.


Creo en la Palabra de Dios, la que surge pura de Su corazón amante para dar vida y libertad.

No Creo en las palabras de hombres (aunque se disfracen de celestiales), las que entran con suavidad pero no provienen de Dios, las que por avaricia, ignorancia o afán de poder , proclaman mentiras que esclavizan a los que las oyen.


Creo que no lo sé todo, que me queda mucho por aprender, que no puedo limitar la sabiduría de Dios a unos pocos renglones (por muy bien intencionados que estén). Eso quiere decir que toda estas palabras que has leído no son un Credo, porque…

No Creo en los Credos, porque son límites al aprendizaje, fronteras que no dejan pasar nada que esté fuera de ellos mismos; no creo en los credos porque de haberlos querido Jesús, nos habría recitado alguno… Pero Él prefiere que estemos toda una vida creciendo, aprendiendo que no podemos limitar la obra de Dios pues, si ponemos barreras doctrinales infranqueables por temor a equivocarnos y las llamamos “Credos”, podríamos estar impidiendo que se abrieran caminos nuevos en el desierto, ríos en el sequedal, sendas en la soledad, vida en la moribunda religiosidad…


Entiendo que hay enseñanzas básicas que deben servir de base al crecimiento cristiano, que hemos de profundizar en cada tema, crecer en toda sabiduría, y en carácter, y que muchos han intentado proveernos de un “Credo” para decir qué es correcto y que no (según los que desarrollaron dicho Credo) con tal fin.

Pero establecer un Credo conlleva un peligro, porque para muchos, hablar de un “Credo” es como decir: Hasta aquí hemos llegado, y de aquí no podemos pasar: Los que se atrevan a cruzar sus fronteras (¡Incluso Biblia en mano!) serán transgresores… Así comenzó a funcionar el Santo Oficio, es decir, la Inquisición. Dios quiera que con el paso de los años, no se repita sutilmente la misma y trágica historia. Dios es demasiado grande para encerrarlo en nuestras reglas y pensamientos: Podemos estar toda la vida aprendiendo y creciendo, y no llegaremos ni de lejos a todo lo que Dios es capaz de dar.

Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.” (Puedes leer 1ª Corintios 1:20-25)


Fonte: NO MAS MITOS CRISTIANOS

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Publicado por em 26/09/2009 em POIMENIA

 

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